Aquel final en el Parque de los Príncipes

Hay una regla no escrita que conocen todos los amantes del fútbol: no abandonar nunca el estadio antes del pitido final. Los espectadores del Parque de los Príncipes que la infringieron el 18 de marzo de 1993 deben de estar todavía tirándose de los pelos…

Corrían los últimos minutos del encuentro de vuelta de los cuartos de final de la Copa de la UEFA y, en apenas unos segundos, el París Saint-Germain y su rival ese día, el Real Madrid, pasaron cada uno del éxtasis a la desesperación (y viceversa), al mismo tiempo que los salvadores se transformaban en héroes malditos.

Ya en la ida, los últimos instantes habían sido decisivos. Un valiente equipo parisino iba perdiendo por un ajustado 2-1 en el Bernabéu, pero Alain Roche rechazó un balón con la mano bajo palos. ¿Consecuencia? Tarjeta roja, pena máxima que acabó en gol y, de ese modo, los hombres de Benito Floro podían afrontar la vuelta con mayor tranquilidad. Así pues, ante la obligación de marcar dos tantos, Artur Jorge, el técnico portugués del PSG, se la jugó y sacó de entrada al tridente ofensivo integrado por David Ginola, George Weah y Amara Simba, con el brasileño Valdo llevando la batuta. En defensa, Antoine Kombouaré, que había perdido la titularidad con la llegada de Roche en la pretemporada, sustituyó al sancionado central internacional francés, formando pareja con Ricardo.

El neocaledonio aún no lo sabía, pero iba a vivir su gran momento de gloria (un Kombouaré que ya había clasificado al PSG en la ronda anterior, al firmar el gol del empate contra el Anderlecht en el tramo final de la vuelta de octavos: 0-0 y 1-1). “Se nos hacía la boca agua a todos; nos decíamos mutuamente: ‘nos los vamos a comer’; vamos a hacer todo lo posible por pasar”, recordaba recientemente el salvador del equipo parisino en el Parc Astrid de Bruselas.

Obra maestra colectiva
Y es que los jugadores del PSG tenían la sensación de haber merecido un mejor resultado en la ida, dado que durante mucho tiempo habían jugado de tú a tú con los Emilio Butragueño, Robert Prosinecki, Fernando Hierro, Míchel o Iván Zamorano. “Había algo palpable”, señaló Ginola al evocar el ambiente pre-partido. “Un deseo de decir ‘en la ida no funcionó; es necesario que pongamos las cosas en su sitio; que cambiemos todo eso’. Pero para ello, teníamos que estar todos juntos, desde el primer minuto hasta el último”.

Y el mensaje caló. Al comienzo del partido, un cabezazo de Valdo se marchó alto, y otro de Ricardo se estrelló en el larguero. Entre su talento en defensa y la falta de puntería del rival, el equipo español logró contener las embestidas de los locales durante media hora. Sin embargo, acabó cediendo ante un nuevo testarazo, esta vez obra de Weah, quien, tras un saque de esquina de Valdo desde la izquierda, sorprendió a Paco Buyo (33’, 1-0). Tras haber recorrido la mitad del camino, el PSG siguió a la carga, pero el portero madridista intervino con acierto ante las sucesivas ocasiones de Paul Le Guen, Weah y Ginola.

Hasta que, al cabo de una genial jugada colectiva, de nuevo iniciada por Valdo, Buyo no pudo ser más que el espectador mejor colocado entre los 46.000 afortunados que presenciaron la obra maestra. El brasileño deslizó el esférico entre dos jugadores contrarios para Weah. El delantero liberiano lo levantó picándolo levemente y envió un pase bombeado hacia Daniel Bravo, quien tocó de cabeza atrás para un Ginola que llegaba por el centro hasta la media luna del área. “Estaba perfectamente posicionado para recibir el balón”, describió el que ese mismo día se ganaría el apodo de El Magnífico. “Ni siquiera me lo pensé, porque si en ese momento no intento una acción semejante, es que no soy un delantero”. La acción susodicha fue una instantánea volea a bote pronto que se coló a una velocidad supersónica bajo el travesaño de la portería de Buyo, y que, en ese momento, daba la clasificación al club de la capital francesa (81’, 2-0).

La hazaña pareció consumarse ocho minutos más tarde, cuando Ginola culminó un contraataque abriendo a la llegada de Valdo por la izquierda. El internacional auriverde amagó el disparo frente a Ricardo Rocha (quien todavía debe de estar preguntándose por dónde pasó el balón) y, ya con su compatriota descolocado, remató raso alojando el esférico a la izquierda de Buyo (89’, 3-0).

Los que ya habían abandonado el estadio para evitar los atascos se perdieron algo importante. Parecía claro que al PSG ya no podía ocurrirle nada, y que iba a escribir la página más brillante de su historia. Al menos, eso es lo que creían los espectadores desde unas gradas en ebullición, así como los jugadores parisinos, casi igual de eufóricos… “Con el 3-0 nos veíamos clasificados”, reconoció Ginola. “La tensión y la concentración decayeron. Tal vez nos olvidamos de que jugábamos contra el Real Madrid, un equipo que podía reaccionar en cualquier momento y meter un gol”.

El último esfuerzo
En efecto, no se puede poseer el récord de victorias en la liga española y en la Copa de Europa sin ser un gran equipo. Así, cuando casi todos le creían fuera de combate, el cuadro merengue resucitó en los últimos instantes. Míchel colgó un libre indirecto desde la izquierda pasado al segundo palo, donde el lateral Nando Muñoz saltó más alto que Kombouaré para poner el balón a los pies de Zamorano. Definir una ocasión a bocajarro semejante fue pan comido para el chileno, quien creyó haberse erigido en el héroe que forzaba la prórroga para el Madrid (90’+2, 3-1).

“Dejé que me superase en esa jugada, pese a que creía que iba mejor que él de cabeza. Nos llevamos un mazazo, y teníamos la sensación de que se había acabado, que habíamos dejado pasar nuestra oportunidad”, confesó Kombouaré, entonces convencido de que su error les había costado a los suyos su destino en Europa. Pero el destino, precisamente, es por definición perseverante y (sobre todo) imprevisible. Al sacar de centro, los jugadores locales estaban abatidos, pero Ginola aún tuvo fuerzas para provocar una falta cerca del área, cometida por… ¡Zamorano!

“Era el último esfuerzo”, contó Kombouaré. “Me sentía culpable por el gol que habíamos encajado, y me dije a mí mismo que tenía que intentar enmendar mi error, y salvar a mis compañeros”. Escorado a la derecha, a 30 metros de la portería madridista, Valdo lanzó el libre indirecto hacia el punto penal. Allí irrumpió desde atrás Kombouaré para conectar un cabezazo cruzado que se coló junto a la base del poste derecho de Buyo, y para ganarse el apodo de Casco de Oro (90’+6, 4-1).

En la última vuelta de tuerca a la situación, el PSG eliminó al ogro madridista y disfrutó de su emoción más intensa en Europa. Desde hace exactamente 20 años, los aficionados parisinos tienen un recuerdo dorado grabado en la memoria… y ya no abandonan nunca el estadio antes del pitido final.

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